Por qué el Ashtanga Vinyasa desarrolla mucho más que flexibilidad

El verdadero propósito de la secuencia no es completarla. Es transformarte.

Muchos practicantes comienzan Ashtanga Vinyasa Yoga con un solo objetivo: completar la Serie Primaria.

Empujan más.

Se estiran más.

Transpiran más.

Y creen que, en el momento en que logran realizar todas las posturas, han dominado la práctica.

Pero si ese es tu único objetivo, es posible que te pierdas aquello que el Ashtanga intenta enseñarte silenciosamente.

La secuencia no es simplemente una colección de posturas.

Es un método para entrenar el cuerpo, educar la mente y prepararte gradualmente para comprender el Yoga en un sentido mucho más profundo.

¿Por qué el Ashtanga Vinyasa es tan poderoso?

Observa con honestidad la vida moderna.

Nuestro cuerpo casi ya no se mueve de manera natural.

Pasamos horas sentados.

Conducimos en lugar de caminar.

Deslizamos la pantalla del teléfono en lugar de observar el mundo.

Y aunque el cuerpo permanezca quieto, la mente sigue corriendo de un pensamiento a otro.

Ese es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

La mayoría intenta calmar la mente directamente.

Cierra los ojos y espera encontrar silencio.

Pero una mente sin entrenamiento rara vez obedece.

El Yoga comprendió esto hace miles de años.

En lugar de obligar a la mente a quedarse quieta, primero le ofrece algo significativo en lo cual ocuparse.

¿Cómo se entrena una respiración así?

El movimiento se convierte en meditación

Dentro de la tradición del Haṭha Yoga, las asanas pueden abordarse de diferentes maneras.

Una es Sthirātmaka, la práctica estática, donde la postura se mantiene con estabilidad hasta que el cuerpo y la mente se aquietan.

La otra es Gatyātmaka, la práctica dinámica, donde el cuerpo fluye conscientemente de una postura a otra con plena atención.

Ashtanga Vinyasa pertenece a este segundo enfoque.

No está directamente relacionado con el Aṣṭāṅga Yoga de Maharishi Patañjali, sino que constituye un método dinámico propio dentro de la tradición del Haṭha Yoga.

El propósito no es simplemente mantenerse en movimiento.

El movimiento mismo se convierte en la preparación para la quietud.

Cada transición se realiza con conciencia.

Cada movimiento sigue el ritmo de la respiración.

Cada postura exige tu atención.

Poco a poco, la energía dispersa del cuerpo y de la mente comienza a dirigirse hacia un mismo punto.

La belleza del Tristhāna

Una de las mayores enseñanzas del Ashtanga es el Tristhāna.

Tres elementos se unen en una sola práctica:

  • Respiración.
  • Cuerpo.
  • Mirada (Dṛṣṭi).

Cuando estos tres aspectos se sincronizan, sucede algo extraordinario.

La mente deja de tener libertad para divagar.

El cuerpo está completamente ocupado.

La respiración adquiere un ritmo constante.

La atención permanece en el presente.

En lugar de reprimir la mente, la práctica satisface suavemente su necesidad constante de estar haciendo algo.

A medida que disminuyen las distracciones, la estabilidad aparece de manera natural.

La quietud ya no necesita ser forzada.

Simplemente surge.

La disciplina no nace de la fuerza

Muchas personas creen que la disciplina consiste en exigirse hasta el límite.

El Yoga enseña algo muy diferente.

La verdadera disciplina es la capacidad de ser constante.

De volver al mat.

De practicar tanto si la mente está inspirada como si no.

La secuencia fija del Ashtanga se convierte en tu maestra.

No negocias con tus estados de ánimo.

No inventas una práctica distinta cada mañana.

Simplemente apareces.

Una y otra vez.

Con el tiempo, esa repetición desarrolla algo mucho más importante que la flexibilidad.

Desarrolla autocontrol.

No porque alguien te controle.

Sino porque tu propia mente aprende, lentamente, a seguir tu intención.

¿Por qué esta práctica desarrolla devoción?

Existe otra transformación que muchos practicantes no esperan.

Cuando la misma secuencia se repite cada día con atención, la práctica comienza a cambiar.

Al principio, eres tú quien realiza la secuencia.

Con el tiempo, es la secuencia la que comienza a transformarte.

Cada postura se vuelve familiar.

La respiración fluye naturalmente.

La mente ofrece menos resistencia.

Llega un momento en que la práctica deja de ser un intento de lograr algo.

Se convierte en una ofrenda.

Es allí donde aparece la devoción.

No nace de la emoción.

No nace de la creencia.

Nace de la repetición sincera.

La práctica dinámica te prepara para la quietud

Muchos practicantes se preguntan por qué les cuesta permanecer cómodos durante mucho tiempo en una postura estática.

Con frecuencia, la respuesta es sencilla.

El cuerpo todavía conserva inquietud.

El sistema nervioso permanece sobreestimulado.

La respiración es irregular.

La mente sigue buscando estímulos constantes.

La práctica dinámica ayuda a liberar toda esa agitación acumulada.

Cuando ese exceso de movimiento abandona el sistema, la quietud aparece sin esfuerzo.

Por eso la práctica dinámica y la práctica estática no son opuestas.

Se complementan.

El movimiento te prepara para la quietud.

La quietud revela el verdadero propósito del movimiento.

Mucho más que una práctica física

Si el Ashtanga se convierte únicamente en un entrenamiento físico, sus mayores tesoros permanecen ocultos.

Cuando se practica con conciencia, se convierte en una disciplina completa.

Desarrolla:

  • fuerza y movilidad;
  • conciencia de la respiración;
  • concentración;
  • estabilidad emocional;
  • autodisciplina;
  • paciencia;
  • capacidad de autoobservación;
  • devoción hacia la práctica.

El cuerpo se vuelve más saludable.

Pero, sobre todo, comienza a transformarse la relación que tienes con tu propia mente.

La verdadera pregunta

La pregunta no es:

«¿Puedo completar la Serie Primaria?»

La verdadera pregunta es:

«¿Puedo completar la práctica de hoy con plena conciencia?»

Una desarrolla logros.

La otra desarrolla transformación.

Y la transformación es el verdadero propósito del Yoga.

La secuencia es solamente la puerta de entrada.

Lo que existe más allá de ella es la Sādhana.

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